Los datos de siniestralidad laboral son un reflejo directo de cómo se está trabajando, de cómo se organizan los procesos productivos y de hasta qué punto la prevención influye —o no— en las decisiones reales de las empresas. Más allá de los descensos con respecto a años anteriores que puedan observarse en algunos indicadores, conviene evitar una lectura complaciente. En un momento en el que la reforma de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales ha entrado en fase de consulta pública, la lectura crítica de los últimos datos disponibles resulta especialmente relevante.
Los últimos datos de siniestralidad laboral en España
Las estadísticas publicadas por el Ministerio de Trabajo y Economía Social hasta octubre de 2025 ya mostraban que la siniestralidad laboral continúa siendo un problema de primer orden. Hasta ese momento se habían registrado 624 accidentes mortales con baja, sumando los ocurridos durante la jornada de trabajo y los accidentes in itinere.
Sin embargo, la actualización posterior con los datos correspondientes al mes de noviembre añade un elemento especialmente relevante: solo en ese mes se produjeron 62 fallecimientos más. Se trata de una cifra elevada para un único mes, que pone de manifiesto que, aunque en el análisis interanual puedan apreciarse descensos puntuales, conviene evitar una lectura complaciente.
Si se atiende a las causas de los accidentes mortales en jornada, el patrón es muy similar al que ya se observaba en años anteriores. Las patologías de origen cardiovascular, como infartos y derrames cerebrales, se mantienen como la principal causa de muerte en accidente de trabajo, concentrando en torno al 42–43 % de los fallecimientos. A continuación aparecen las caídas, responsables de aproximadamente el 17 %, seguidas de los atrapamientos y amputaciones (alrededor del 15 %) y de los accidentes de tráfico, que representan en torno al 12 %.
Accidentes totales y graves hasta noviembre de 2025
Hasta noviembre de 2025 se han registrado más de un millón de accidentes de trabajo en España. De ellos, más de 574.000 provocaron baja laboral. Dentro de los accidentes con baja, se contabilizaron 3.435 accidentes graves en jornada de trabajo y 874 accidentes graves in itinere.
Más allá de los números. Qué nos dicen las causas
El peso de los infartos y derrames cerebrales apunta directamente a factores que tradicionalmente han quedado en un segundo plano en la prevención. Cargas de trabajo elevadas, estrés, jornadas prolongadas, falta de recuperación, envejecimiento de la población activa o una gestión deficiente de la salud laboral son riesgos que no siempre se abordan pese a su impacto evidente.
Pero tampoco pueden ignorarse las causas “tradicionales”. Las caídas, los atrapamientos y las amputaciones siguen produciendo un número muy significativo de muertes. En muchos casos, detrás de estos accidentes aparecen carencias bien conocidas: trabajos en altura mal planificados, protecciones colectivas insuficientes o inexistentes, mantenimiento deficiente de maquinaria y equipos de trabajo, procedimientos que no se adaptan a la realidad del trabajo o una coordinación preventiva ineficaz en entornos con concurrencia de actividades.
En muchos casos, los accidentes no se producen por un gran fallo puntual, sino por la repetición de pequeñas prácticas inseguras que se acaban normalizando con el tiempo, como trabajar con prisas, saltarse pasos de seguridad, confiar en exceso en la experiencia o asumir riesgos porque “siempre se ha hecho así”. Elementos todos ellos que difícilmente se corrigen solo con documentación o con evaluaciones de riesgos formales.
Sectores más afectados
Los datos hasta noviembre de 2025 muestran que el sector servicios es el que concentra el mayor número de accidentes mortales en jornada de trabajo, seguido por la construcción y, a continuación, por la industria. Este dato debe leerse teniendo en cuenta que el sector servicios es también el que emplea a un mayor número de personas.
En ese mismo periodo, la construcción destaca por registrar un incremento con respecto al año anterior. Dentro del sector servicios, tienen un peso relevante las actividades vinculadas al transporte y la movilidad, lo que se refleja también en la presencia recurrente de los accidentes de tráfico entre las principales causas de siniestralidad mortal.
Prevención formal frente a prevención real
La lectura conjunta de los datos refuerza la idea de que el problema no es tanto la ausencia de normativa como su aplicación. Cuando la prevención no participa en decisiones que son clave (como plazos, cargas de trabajo, dimensionamiento de plantillas o diseño de procesos, entre otras), los riesgos se gestionan cuando ya se han materializado en daños. Esto explica por qué determinados tipos de accidentes se repiten año tras año, incluso en sectores con un alto grado de regulación.
A ello se suma la normalización del riesgo. Tanto empresas como personas trabajadoras acaban asumiendo determinadas exposiciones como parte inherente del trabajo: sobreesfuerzos, conducción con fatiga, trabajos en altura sin las condiciones óptimas o posturas forzadas mantenidas durante años. No por desconocimiento, sino porque forman parte de una cultura productiva muy arraigada y difícil de cuestionar.
Un contexto de cambios que obliga a ampliar la mirada
Para interpretar la siniestralidad laboral actual es necesario ampliar la mirada más allá de los riesgos de siempre y tener en cuenta cómo están cambiando las condiciones en las que se trabaja. La digitalización, la intensificación de los ritmos en algunos sectores, la externalización de actividades, el trabajo a distancia o el envejecimiento de la población activa están transformando la organización del trabajo y dando lugar a riesgos nuevos o intensificados que no siempre están lo suficientemente integrados en la gestión del a PRL.
Entre estos riesgos destacan la sobrecarga física y mental, las dificultades para la desconexión, el aumento del estrés o la mayor exposición a condiciones climáticas extremas. Son factores que influyen de forma directa en la salud y en la seguridad, pero que en muchos casos siguen evaluándose de manera parcial o tratándose como cuestiones secundarias.
Este contexto ayuda a entender por qué resulta insuficiente explicar los accidentes graves únicamente como fallos individuales o incumplimientos puntuales. Los datos apuntan, en gran medida, a cómo se organiza el trabajo y a hasta qué punto la prevención está realmente integrada —o no— en esa organización y en la toma de decisiones cotidianas.
Datos que alimentan el debate sobre la reforma de la LPRL
El debate actual sobre la reforma de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales no surge en el vacío. La siniestralidad explica por qué se habla de corresponsabilidad, de cultura preventiva y de la necesidad de una aplicación más real y menos meramente formal de la normativa.
Que los accidentes graves y mortales sigan produciéndose con un marco legal consolidado demuestra que cumplir la norma no siempre es suficiente. La prevención solo funciona cuando influye de verdad en la forma de trabajar y cuando existe un compromiso —por parte de empresas, mandos intermedios y personas trabajadoras— para identificar riesgos y actuar antes de que el daño se produzca.
En este sentido, las cifras no solo alertan, orientan. Señalan dónde están los puntos débiles del sistema y refuerzan la idea de que el reto no pasa tanto por añadir nuevas obligaciones, sino por mejorar la calidad, la integración y la eficacia real de la prevención de riesgos laborales, cuyo objetivo último no es otro que proteger la vida, la salud y la seguridad de las personas en sus trabajos.
Fuentes:
Este artículo se ha elaborado a partir de los avances provisionales del Ministerio de Trabajo y Economía Social, así como de análisis y publicaciones recientes de medios y organizaciones especializadas, entre ellas Servimedia, Noticias Obreras y Demócrata.




